lunes, 12 de enero de 2026

 

Columna “Derecho & Empresa”

 

¿PARA QUE SIRVEN LAS SOCIEDADES ANONIMAS?

 

Daniel Montes Delgado (*)

 

El título de este artículo en realidad se aplica a cualquier forma de actividad empresarial, pero lo tomamos a propósito de un artículo del célebre economista Martin Wolf, publicado en el diario El Comercio hace ya varios años, en el cual se postula que el comportamiento indebido de muchas sociedades anónimas (y otros tipos de sociedades o personas jurídicas que viabilizan los emprendimientos de las personas), desde la corrupción, pasando por la explotación de los trabajadores o la contaminación ambiental y otras prácticas condenables, se debe en buena cuenta al principio de que la labor de los administradores (gerentes y directores) de esas empresas debe estar orientada a maximizar el valor para el accionista, es decir, a rendirle dividendos o acumular plusvalías que luego puedan transferirse por un mayor valor, llevando hacia los dueños de la empresa esos beneficios. Y añade que en tanto los administradores sean recompensados exclusiva o principalmente por conseguir estos resultados, el sistema no funcionará como se debe. Y que la solución pasa por entender, desde los dueños o accionistas, que las empresas existen para algo más que sacar beneficios mayores y más rápido.

 

Por supuesto, estamos de acuerdo en que los administradores, en tanto personas, pueden verse tentadas de hacer algo indebido si eso les ayuda a conseguir mejores resultados y por ese camino conseguir para ellos mejores recompensas. Eso es obvio. Pero eso se puede decir no solo de las sociedades y personas jurídicas, sino de cualquier otra persona, como el mecánico de autos que se “inventa” defectos en el auto de su cliente para cobrarle por hacer algo innecesario, o el joyero que rebaja la calidad de la joya que le ordenan confeccionar, etc. La causa de ello no es la naturaleza de la sociedad anónima o de las empresas en general, o del modelo capitalista de mercado, sino la naturaleza de las personas, que al menos en mucho tiempo no va a cambiar, dados nuestros condicionamientos evolutivos.

 

El derecho, que es otra invención humana, ha diseñado soluciones imperfectas (como toda creación humana) para este problema general: se castiga las desviaciones que apartan los actos humanos de las conductas deseadas por la sociedad. Si los humanos pueden inclinarse a portarse mal debido a las recompensas que pueden obtener, el derecho pretende lograr lo contrario por la vía de sancionar esa conducta indebida, de modo que al final las personas tengan más temor del castigo que ambición por conseguir la recompensa por medios ilícitos. El sistema no es perfecto, qué duda cabe, pero funciona más o menos bien desde hace muchos siglos y todavía no inventamos nada mejor.

 

Así, al atribuirle responsabilidades civiles y penales a los administradores de las sociedades, se supone que ellos tendrán más incentivos para portarse bien (evitar el pago de indemnizaciones o evitar la cárcel), que incentivos para no hacerlo (conseguir resultados a cualquier costa). Ese es el verdadero control sobre las personas jurídicas o empresas en general. Asumir que los accionistas o propietarios van a tomar en sus manos el control minucioso de lo que hacen los administradores, partiendo de su concientización de lo que debiera ser una empresa, es utópico. Hacerlos responsables a ellos (los accionistas) tampoco es una solución, desde que nuestra economía moderna se basa en el dinero como medida de las inversiones, los riesgos y los resultados. Sin embargo, hoy en día, bajo la figura del “levantamiento del velo societario” y otras parecidas, se pretende que el derecho castigue a quien pone en riesgo su patrimonio para desarrollar una actividad económica, encargando la administración de sus negocios a otras personas, que pueden comportarse mal, sin duda, pero sin que necesariamente ello haya sido de conocimiento de los propietarios o bajo su influencia.

 

El accionista quiere retornos por su inversión y eso está bien. La tarea de lograr que en el camino las empresas que reciben esas inversiones consigan resultados adicionales más allá del mero retorno corresponde a los administradores, pero por la vía de comportarse conforme a las normas que regulan la actividad económica. La prosperidad general, descrita por Wolf como objetivo último de las empresas (debiera decir, de todas las personas), se alcanzará siempre que la mayor parte de las empresas hagan lo debido porque sus administradores lo hagan también, por temor al castigo. Pero eso sucederá siempre y cuando ese castigo llegue y sea ejemplar, ambas cosas que se echan de menos en el mundo moderno y especialmente en nuestro país. Parece correcto que los inversionistas pongan en riesgo su patrimonio también por las consecuencias legales, pero es demasiado pedir que no pase nada malo solo porque los accionistas entiendan que sus empresas deben servir a esa prosperidad general de la sociedad antes que a nada. Desde Adam Smith tenemos presente que el perseguir el interés particular puede beneficiar al interés general, sin que eso implique que cada persona ponga en primer lugar a ese interés general. La humanidad no es así.

 

El derecho no espera tanto de las personas, por eso castiga antes que premia. Otras ciencias sociales pueden permitirse soñar con mundos mejores a partir de su optimismo en la naturaleza humana, pero el derecho es más bien pesimista al respecto. Pese a ello, el derecho ha logrado avances importantes con su método a lo largo de la historia, o de otro modo no estaríamos aquí, ni se habría generalizado, como lo ha hecho, la idea de que las libertades de las personas son exigibles como derechos (castigando a quienes los vulneran). El problema no son las leyes, sino lo que hacemos individual y colectivamente con ellas. Y, la verdad sea dicha, no lo estamos haciendo bien en estos tiempos. Ni siquiera con la redacción de esas mismas leyes. Aunque ni siquiera ese problema es de ahora, ya lo señalaba Alfonso el Sabio en sus Siete Partidas, sobre lo que deben ser las leyes:

Las leyes han de ser cumplidas y cuidadas y miradas para que sean hechas con razón y las cosas hechas según naturaleza; las palabras de las leyes han de ser claras para que todo hombre la entienda y guarde en su memoria: Otrosí deben ser sin escasez y sin punto para que los hombres del derecho saquen razones torcidas por su maldad, y muestren la mentira por verdad y la verdad por mentira.”

 

(*) Abogado PUCP; MBA Centrum Católica.

 

http://cuestionesempresariales.blogspot.com

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