Columna “Derecho & Empresa”
¿PARA QUE
SIRVEN LAS SOCIEDADES ANONIMAS?
Daniel
Montes Delgado (*)
El título de este artículo en realidad se
aplica a cualquier forma de actividad empresarial, pero lo tomamos a propósito
de un artículo del célebre economista Martin Wolf, publicado en el diario El
Comercio hace ya varios años, en el cual se postula que el comportamiento
indebido de muchas sociedades anónimas (y otros tipos de sociedades o personas
jurídicas que viabilizan los emprendimientos de las personas), desde la
corrupción, pasando por la explotación de los trabajadores o la contaminación
ambiental y otras prácticas condenables, se debe en buena cuenta al principio
de que la labor de los administradores (gerentes y directores) de esas empresas
debe estar orientada a maximizar el valor para el accionista, es decir, a
rendirle dividendos o acumular plusvalías que luego puedan transferirse por un
mayor valor, llevando hacia los dueños de la empresa esos beneficios. Y añade
que en tanto los administradores sean recompensados exclusiva o principalmente por
conseguir estos resultados, el sistema no funcionará como se debe. Y que la
solución pasa por entender, desde los dueños o accionistas, que las empresas
existen para algo más que sacar beneficios mayores y más rápido.
Por supuesto, estamos de acuerdo en que los
administradores, en tanto personas, pueden verse tentadas de hacer algo
indebido si eso les ayuda a conseguir mejores resultados y por ese camino
conseguir para ellos mejores recompensas. Eso es obvio. Pero eso se puede decir
no solo de las sociedades y personas jurídicas, sino de cualquier otra persona,
como el mecánico de autos que se “inventa” defectos en el auto de su cliente para
cobrarle por hacer algo innecesario, o el joyero que rebaja la calidad de la
joya que le ordenan confeccionar, etc. La causa de ello no es la naturaleza de
la sociedad anónima o de las empresas en general, o del modelo capitalista de
mercado, sino la naturaleza de las personas, que al menos en mucho tiempo no va
a cambiar, dados nuestros condicionamientos evolutivos.
El derecho, que es otra invención humana, ha
diseñado soluciones imperfectas (como toda creación humana) para este problema
general: se castiga las desviaciones que apartan los actos humanos de las
conductas deseadas por la sociedad. Si los humanos pueden inclinarse a portarse
mal debido a las recompensas que pueden obtener, el derecho pretende lograr lo
contrario por la vía de sancionar esa conducta indebida, de modo que al final
las personas tengan más temor del castigo que ambición por conseguir la
recompensa por medios ilícitos. El sistema no es perfecto, qué duda cabe, pero
funciona más o menos bien desde hace muchos siglos y todavía no inventamos nada
mejor.
Así, al atribuirle responsabilidades civiles y
penales a los administradores de las sociedades, se supone que ellos tendrán
más incentivos para portarse bien (evitar el pago de indemnizaciones o evitar
la cárcel), que incentivos para no hacerlo (conseguir resultados a cualquier
costa). Ese es el verdadero control sobre las personas jurídicas o empresas en
general. Asumir que los accionistas o propietarios van a tomar en sus manos el
control minucioso de lo que hacen los administradores, partiendo de su
concientización de lo que debiera ser una empresa, es utópico. Hacerlos
responsables a ellos (los accionistas) tampoco es una solución, desde que
nuestra economía moderna se basa en el dinero como medida de las inversiones,
los riesgos y los resultados. Sin embargo, hoy en día, bajo la figura del “levantamiento
del velo societario” y otras parecidas, se pretende que el derecho castigue a
quien pone en riesgo su patrimonio para desarrollar una actividad económica,
encargando la administración de sus negocios a otras personas, que pueden
comportarse mal, sin duda, pero sin que necesariamente ello haya sido de
conocimiento de los propietarios o bajo su influencia.
El accionista quiere retornos por su inversión
y eso está bien. La tarea de lograr que en el camino las empresas que reciben
esas inversiones consigan resultados adicionales más allá del mero retorno
corresponde a los administradores, pero por la vía de comportarse conforme a
las normas que regulan la actividad económica. La prosperidad general, descrita
por Wolf como objetivo último de las empresas (debiera decir, de todas las personas),
se alcanzará siempre que la mayor parte de las empresas hagan lo debido porque
sus administradores lo hagan también, por temor al castigo. Pero eso sucederá siempre
y cuando ese castigo llegue y sea ejemplar, ambas cosas que se echan de menos
en el mundo moderno y especialmente en nuestro país. Parece correcto que los
inversionistas pongan en riesgo su patrimonio también por las consecuencias
legales, pero es demasiado pedir que no pase nada malo solo porque los
accionistas entiendan que sus empresas deben servir a esa prosperidad general de
la sociedad antes que a nada. Desde Adam Smith tenemos presente que el
perseguir el interés particular puede beneficiar al interés general, sin que
eso implique que cada persona ponga en primer lugar a ese interés general. La humanidad
no es así.
El derecho no espera tanto de las personas,
por eso castiga antes que premia. Otras ciencias sociales pueden permitirse
soñar con mundos mejores a partir de su optimismo en la naturaleza humana, pero
el derecho es más bien pesimista al respecto. Pese a ello, el derecho ha
logrado avances importantes con su método a lo largo de la historia, o de otro
modo no estaríamos aquí, ni se habría generalizado, como lo ha hecho, la idea
de que las libertades de las personas son exigibles como derechos (castigando a
quienes los vulneran). El problema no son las leyes, sino lo que hacemos individual
y colectivamente con ellas. Y, la verdad sea dicha, no lo estamos haciendo bien
en estos tiempos. Ni siquiera con la redacción de esas mismas leyes. Aunque ni
siquiera ese problema es de ahora, ya lo señalaba Alfonso el Sabio en sus Siete
Partidas, sobre lo que deben ser las leyes:
“Las leyes han de ser cumplidas y cuidadas y miradas para que sean hechas
con razón y las cosas hechas según naturaleza; las palabras de las leyes han de
ser claras para que todo hombre la entienda y guarde en su memoria: Otrosí
deben ser sin escasez y sin punto para que los hombres del derecho saquen
razones torcidas por su maldad, y muestren la mentira por verdad y la verdad
por mentira.”
(*) Abogado PUCP; MBA Centrum Católica.
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